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miércoles, 5 de noviembre de 2014

EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   El país está cambiando. Los últimos acontecimientos que detonaron en el caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa han venido moviendo y conmoviendo a la sociedad en su conjunto. La descomposición gubernamental, la ausencia de autoridad de la autoridad, el empoderamiento de los grupos delictivos que, al margen de la ley y la justicia someten a su antojo a autoridades civiles, de protección o militares ponen al sistema político, social, económico y demás en condiciones vulnerables. Eso por un lado. Por otro, desempleo, producto interno bruto a la baja, arribo de trasnacionales para materializar el sueño neoliberal de la privatización y con ello el sometimiento de la mano de obra para convertir toda su fuerza en algo menos que “outsourcing”. Ya lo decía Arturo Alcalde Justiniani:

Golpear a los trabajadores reduciendo sus condiciones laborales, ampliando sus jornadas, domesticando a sus sindicatos y agilizando el despido barato, se ha convertido en deporte nacional. Pese a lo lamentable, esta vorágine depredadora no encuentra mínimos contrapesos, el sindicalismo está en su peor momento, la justicia laboral tripartida es una simulación y los gobiernos, salvo excepciones, no tienen voluntad política para defender a la gente y optan por ocultar los problemas o hacer causa común con las empresas que cada día aprietan más duro a los trabajadores. Ello explica nuestra miseria salarial y por qué en las comparaciones internacionales ocupamos los peores lugares en todos los renglones laborales, salvo en el de la corrupción en el mundo del trabajo y el de los altísimos salarios de funcionarios públicos o ejecutivos empresariales, temas en los que desafortunadamente ocupamos los primeros sitios. (La Jornada, 20 de septiembre de 2014. Opinión “No más falsos honorarios ni subcontratados”, p. 20.

Para quien quiera, allí están figuras tales como la subcontratación u outsourcing, a la que solo les falta regularización de todos sus empleados, incluidos los de honorarios, subcontratados y falsos temporales, con el fin de otorgarles estabilidad y seguridad social.
Todas ellas son manifestaciones indeseables de una velada realidad laboral. Campo en desahucio, mares, litorales, ríos subutilizados y contaminados… en fin, un panorama negro que es apenas parte de esa mirada general de todos los conflictos cuyo origen tiene que ver con la desigualdad, la abrumante soberbia de la clase política y una profunda inmadurez histórica que señala el hecho de no estar alcanzando los ideales de un estado-nación que, desde 1821 y hasta nuestros días deja ver lo limitado que sigue siendo México en muchos sentidos. Con un andamiaje a medio construir que se cae, vuelven a levantar y de nuevo vuelve a caer, es porque muestra inconsistencias, inestabilidades muy graves que no garantizan, por ahora pasos firmes que indiquen señales de afianzamiento ni un porvenir mejor.
   Como vemos, el doloroso ejemplo de Ayotzinapa no fue suficiente razón para el gobierno, pues apenas pasada la dura prueba de la reunión de los padres o familiares que sostuvieron con el presidente de la república hace unos días, reunión cuya duración se fue más allá de las cinco horas, y donde los resultados fueron entre otros, la firma de una minuta de compromisos, apenas pasó el tiempo suficiente para que el gobierno “cerrara el trato” con respecto a la aprobación definitiva de la publicación de los 24 reglamentos y ordenamientos de las leyes secundarias de la reforma energética, con lo que ya existen todas las condiciones para la libre competencia de empresas –tanto privadas como del estado-. En medio de esa insensibilidad que no ven, que no aprecian, en aras de los duros dictados que impone el modelo neoliberal, se abre la opción de un futuro incierto pues ello parece indicar que la futura clase trabajadora tendrá una difícil opción de colocarse dignamente en medio de una oferta en la que todas aquellas empresas trasnacionales que se instalen en nuestro país, traerán por lo menos a su propia plantilla, lo que podría impedir que las esperanzas de tantos y tantos mexicanos se concrete para asegurarles a cada uno de ellos un futuro prometedor.
   La muy inoportuna declaración de Luis Videgaray, en el sentido de que los acontecimientos de Guerrero si bien cambió ante el mundo, ello no implica que las inversiones en México no se vean afectadas. Tardías palabras luego de que en el resto del mundo esa imagen nos produce pena ajena y los políticos no encuentran un término medio para “tapar el ojo al macho” y salir airosamente en situaciones tan incómodas como estas, que han puesto al país al borde del colapso. Más adelante comentó que “El Estado mexicano está gastando considerablemente más en las fuerzas armadas y de seguridad, pero también en la impartición de justicia”, y ya vemos los resultados no son los que esperamos los mexicanos. Es cuestionable por ejemplo el peligroso corte presupuestal que ha sufrido una vez más la cultura, pues 4 mil millones de pesos menos para ser ejercidos en 2015 significan un gravísimo retroceso así como permitir con todo ello que sin la cultura necesaria, muchas generaciones de estudiantes queden todavía más limitadas en términos del conocimiento que hoy tanto se necesita para garantizar que el país avanzará hacia ese estado deseable de estabilización y mejoría.
   Como ciudadano digo: la actuación de la clase política de nuestros días deja mucho que desear, de ahí que la sociedad, en la que estamos inmersos todos los mexicanos, reclamamos mejores respuestas, actitudes, desempeños de quienes formados bajo la teoría neoliberal, se nieguen a entender que en el México que se niegan a ver, hay un permanente enojo y desencanto. Su “México”, el “México” que ellos ven, es un “México” de ficción, un “México” falso, en el que no pasa nada y todo es felicidad y armonía. Tienen que entender que México, así, como está escrito, como es en la realidad, es otra cosa. Ojalá lo entiendan algún día…


5 de noviembre de 2014.

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