Entradas populares

sábado, 7 de noviembre de 2015

EL RESPLANDOR AZUL, HÉCTOR DE MAULEÓN.

LUZ y FUERZA DE LA MEMORIA HISTÓRICA y SUS AUTORES INVITADOS.

SELECCIÓN DE: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

EL RESPLANDOR AZUL, HÉCTOR DE MAULEÓN.

El resplandor azul
Héctor de Mauleón
El Universal
Domingo 2 de octubre de 2005.

   Cada noche, en las ventanas de la ciudad de México cintila un resplandor azul. Significa familias congregadas y gente que muere a solas frente a un televisor que le habla.
   Manuel Payno expresó en el siglo XIX que las casas de México debían encerrar secretos que sólo la literatura podía revelar. Hoy, el mundo es menos misterioso. Los condominios, las casas de interés social y las residencias de lujo encierran tras sus muros una televisión encendida.

Facsímil de la Portada del Reglamento expedido por el Conde de Revillagigedo en materia de alumbrado público…, allá por 1790.

   Los secretos, ahora, acaso deben ser buscados en la calle: el resplandor parpadeante indica el final del mundo de Payno, la estandarización de la personalidad y de eso que un día se llamó "cuadros de costumbres". Terminaron los misterios.
   La historia de la noche en la ciudad de México es, de algún modo, la historia del color que la ha iluminado.
   Tras su refundación en 1521, la antigua Tenochtitlán hubo de pasar más de dos siglos a oscuras: como no se había inventado el alumbrado público, la capital de la Nueva España era una suma de corredores oscuros, bocas de lobo que de acuerdo con el cronista Arturo Sotomayor, debieron poner a los caminantes nocturnos en riesgo de caer en las acequias o de "dar con el pecho a la barriga en bardas semiconstruidas". La ciudad era entonces de color negro. Un puñado de antorchas, que ardían de trecho en trecho, provocaba un levísimo resplandor rojizo, como el fuego de las rajas de ocote que hacía del ambiente general "un terciopelo negro bordado de luciérnagas movedizas".
   ¿Qué podía hacer la gente bajo ese color? Artemio de Valle-Arizpe dice que sólo tres cosas: dormir, rezar o contar historias de espantos. La cuarta cosa posible no la menciona el cronista, pero a ella debemos atribuir el rápido crecimiento demográfico que, pese a las continuas y diezmantes epidemias, ayudó una y otra vez al repoblamiento de la capital.

INAH, Sistema nacional de Fototecas. N° catálogo: 4477

   En 1790, el virrey Revillagigedo iluminó las calles con lámparas de aceite, y creó un ejército de serenos que las alimentaran. La ciudad se volvió amarilla: la gente durmió menos (se había abierto, por cierto, la primera cafetería), rezó infatigablemente (pero con miras ya de abolir la Inquisición), contó leyendas y tradiciones de cuando la ciudad era oscura, y luego siguió repoblando la capital, porque ahora era menos peligroso que los amantes salieran a la calle en busca de su amada.
   Cien años después Porfirio Díaz introdujo las lámparas de gas, y luego la bombilla eléctrica. La ciudad se volvió blanca: comenzó a brillar a mitad de la noche como una joya pulida. Manuel Gutiérrez Nájera se quejó porque la luz eléctrica permitía descubrir las arrugas en el rostro de las mujeres, pero gracias a ésta la noche dejó de ser, por primera vez, un territorio extraño. En los salones y los bares porfiristas fue posible atravesar las sombras, seguir directo hasta el alba. Una blanca luz, encendida en la madrugada, quería decir que la vida continuaba; que a la noche se llegaba con insomnio, o con furia, o con danzas de Ernesto Elorduy.
   ¿Fue Salvador Novo el que dijo que la invención del neón pintó la ciudad de rojo y de morado? En todo caso, lo que sí dijo es que el neón creó una nueva escritura. Promovió la palabra "Hotel", difundió la palabra "Cabaret", acreditó el término "Salón de baile", e hizo nacer el mito de La Vida Nocturna: los usos de una ciudad que dormía menos, había dejado de rezar, y definitivamente comenzaba a olvidar las viejas historias de espantos.
   Mas héte aquí que vinieron los años 50, y el ingeniero González Camarena, y la inauguración de Televicentro, y el descubrimiento de que a la noche no era necesario llegar con insomnio, ni furia, ni danzas (pues existía ya el programa Noches tapatías). Había comenzado el resplandor azul: ese parpadeo uniformador, como de novela de Huxley; omnipresente, como de novela de Bradbury, que en menos de 50 años invadió por completo los espacios íntimos de la ciudad, asesinó sus secretos, y nos llevó a morir frente al televisor que ilumina el sitio más destacado de nuestras casas.

INAH, Sistema nacional de Fototecas. N° catálogo: 2352

   Por cierto, esta fotografía nocturna fue tomada por Manuel Ramos, la que nos parece un trabajo a contraluz y de contraste simplemente hermoso, donde se incluye un efecto en el retardo de la captura, lo que se deja apreciar en esa tenue estela que aparece poco más debajo de la palmera que se encuentra a la derecha.

No hay comentarios:

Publicar un comentario